MUSEO DE SANTA CRUZ, TOLEDO

Este museo está considerado uno de los más importantes de España, no solo por la riqueza y variedad de sus colecciones, sino porque el propio edificio que las alberga, el antiguo Hospital de Santa Cruz, ya justificaría por sí solo la visita. Fundado por el cardenal Pedro González de Mendoza y construido en las primeras décadas del siglo XVI, constituye una de las grandes obras maestras del Renacimiento español, en la que dejaron su huella arquitectos como Enrique y Antón Egas o Alonso de Covarrubias, responsable de algunas de sus partes más espectaculares.

Nuestra visita comenzó, como no podía ser de otra manera, contemplando su monumental PORTADA atribuida a Covarrubias. Sus detalles platerescos parecen respirar bajo la intensa luz de Toledo, dándonos una calurosa bienvenida a un espacio donde la medicina del alma siempre fue el arte.

Si hay un rincón que por sí solo justificaría acercarse hasta el Museo de Santa Cruz, probablemente sea el PATIO DE COVARRUBIAS. Al entrar en él, el espacio se abre ante nosotros con una elegancia casi teatral. Los arcos de la planta baja, las columnas, los medallones con la cruz de Jerusalén y la decoración de inspiración renacentista crean una armonía difícil de describir. Arriba, la galería conserva todavía ecos de la tradición gótica, con sus arcos rebajados, celosías y escudos de los Mendoza.



Una de las cosas que más nos sorprendió fue descubrir que este patio (el único visitable) no es solamente un espacio arquitectónico maravilloso. Sus galerías (o pandas), resguardadas por un soberbio ARTESONADO de madera que parece tejer un cielo geométrico sobre nuestras cabezas, se convierten también en una especie de museo arqueológico al aire libre, donde las piedras parecen haberse quedado allí esperando pacientemente a que alguien las vuelva a mirar. Hay mosaicos romanos, sarcófagos, inscripciones, lápidas y diferentes restos procedentes de lugares y épocas muy diversas.

Entre ellos nos encontramos con el MOSAICO DE LAS CUATRO ESTACIONES, una pieza de época bajoimperial fechada en la segunda mitad del siglo III d. C. 



También aparecen otros recuerdos de la antigüedad como: un MOSAICO CON MOTIVOS PORTUARIOS, el EPITAFIO DE AMIRA, lápidas sepulcrales, piezas romanas y restos de época islámica.








La hermosa LÁPIDA SEPULCRAL DE SANCHO SÁNCHEZ DE TOLEDO, un rico mercader toledano de finales del siglo XV cuya tumba procedía de la capilla que había mandado construir para su enterramiento familiar.


Y entre tanta piedra, llama especialmente la atención el hermoso BROCAL DE ALJIBE procedente de la antigua mezquita aljama de Toledo, conserva una inscripción que recuerda una obra promovida en 1032 por el primer rey de la taifa de Toledo al-Zafir. Parece querer recordarnos que en Toledo hasta los elementos más cotidianos pueden terminar convertidos en auténticas piezas de museo.



Entonces llegó uno de los momentos esperados de la visita: EL GRECO. Porque hablar de Toledo y no encontrarse con Doménikos Theotokópoulos sería casi como visitar nuestra Galicia y olvidarse de la lluvia.

El Museo de Santa Cruz conserva una importante colección de obras del pintor cretense, entre ellas piezas como una de sus grandes obras tardías. LA INMACULADA, procedente de la antigua capilla fundada por Isabel de Oballe en la iglesia de San Vicente. En ella, los alargamientos y los retorcimientos nunca antes habían sido tan exagerados o tan violentos.

Frente a sus cuadros vuelve a suceder aquello tan difícil de explicar: uno deja de mirar simplemente una pintura y empieza a buscar esas figuras alargadas, esos rostros, esas miradas y esa espiritualidad tan característica que hizo del Greco uno de los grandes nombres asociados para siempre a Toledo.

Pero el museo guarda muchos más tesoros. Entre las obras que más nos llamaron la atención está la SAGRADA FAMILIA DE JOSÉ DE RIBERA, fechada en 1639. La pintura llegó al museo procedente del antiguo convento de San Ildefonso de Ocaña. Aquí Ribera nos presenta una escena religiosa con un marcado carácter íntimo y doméstico, convirtiendo lo sagrado en algo casi cotidiano.



Estas son pinturas ante las que uno se queda unos segundos más de lo previsto… y empieza a pensar que quizá habría que llevar un cronómetro para visitar museos, porque si no, uno corre el peligro de pasar aquí el día entero.

El museo también despliega la diversidad de sus tesoros en vitrinas que guardan el alma del pueblo toledano.



Bordados minuciosos, encajes de ensueño y otros elementos que componían el TRAJE DE NOVIA DE LAGARTERA, probablemente, el traje popular compuesto por mayor número de piezas.


Y la piedra cobra vida en piezas únicas como delicados remates decorativos romanos, valiosos trientes de oro acuñados por los reyes visigodos, solemnes lápidas sepulcrales que desafían al olvido, y otras piezas arqueológicas que nos iban recordando que Toledo no se construyó de una sola vez, sino capa sobre capa, cultura sobre cultura y siglo tras siglo.

Ya de nuevo en el patio y como protagonista indiscutible, aparece la ESCALERA DE COVARRUBIAS, una obra maestra del Renacimiento español con balaustradas labradas con infinita maestría. Es el nexo de piedra entre la planta baja y la galería superior y donde la accesibilidad nos planteó un pequeño paréntesis: la segunda planta no es accesible en silla de ruedas. 





Pero lejos de frenar nuestra curiosidad, decidimos dividirnos formando un equipo para no perdernos nada: “Tú quédate aquí abajo aprovechando para fotografiar cada rincón; yo subiré las peldaños en representación de los dos para traerte en imágenes los tesoros del piso alto”.

En esta planta me llamó especialmente la atención un PANEL DE AZULEJOS procedente de Lisboa, un espectáculo visual de tonos azules y blancos que evoca el encanto de la azulejería portuguesa.

Pero tampoco podía dejar de mirar hacia arriba. El ARTESONADO del corredor volvía a recordarme que en aquel edificio los techos merecen tanta atención como las paredes.


Después me dirigí a la sala dedicada a la cerámica procedente de Talavera, Toledo y Portugal. Platos, azulejos y diferentes piezas nos hablan de una tradición artesanal en la que el barro se convirtió en arte y en la que los caminos comerciales y culturales hicieron que Toledo y otros territorios compartieran técnicas, formas y decoraciones.




La colección Carranza, reunida por el ceramófilo Vicente Carranza Escudero, se encuentran parcialmente expuesta en el Alcázar de Sevilla, el Museo de la Cerámica de Triana, el Museo Comarcal de Daimiel y en este Museo de Santa Cruz, donde se reúnen más de 300 piezas y permite seguir la evolución de las producciones cerámicas, especialmente las talaveranas, además de incorporar piezas procedentes de otros importantes centros alfareros históricos.

Al abandonar el Museo de Santa Cruz me quedó claro que este es uno de esos lugares en los que resulta complicado separar el continente del contenido. Porque aquí el edificio es también una pieza de museo. Pero, sobre todo, conserva esa maravillosa capacidad de sorprender, porque puede hacerlo con un cuadro del Greco, con la mirada de una Sagrada Familia de Ribera, con una moneda visigoda, con un mosaico romano, con una lápida medieval, con un traje tradicional, con una cerámica de Talavera… o simplemente con la luz que entra en el Patio de Covarrubias y se posa sobre sus viejas piedras.

TODA LA INFORMACIÓN INCLUIDA EN ESTA PUBLICACIÓN, HA SIDO RECOGIDA DE LOS SIGUIENTES ENLACES:

https://es.wikipedia.org/wiki/Museo_de_Santa_Cruz

https://www.turismocastillalamancha.es/es/cultura-y-patrimonio/museos/toledo/museo-de-santa-cruz

https://www.farmaceuticos.com/el-consejo-general/patrimonio-historico/inventario-del-patrimonio-historico-farmaceutico-espanol/museo-de-la-santa-cruz-colecci%C3%B3n-carranza/

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