Situado en un espectacular roquedal, a las puertas —y dentro del ámbito— del Parque Natural de las Lagunas de Ruidera, el Castillo de Peñarroya parece asomarse directamente sobre las aguas del embalse, que remansa el curso del Guadiana a sus pies. Un escenario donde la piedra, el agua y la historia han decidido convivir sin pedir permiso a nadie.
Nada más llegar comprendimos que no estábamos ante un castillo cualquiera. Sus murallas almenadas, sus torreones y la imponente torre del homenaje nos hablaban de un pasado en el que este lugar era mucho más que una bonita estampa para viajeros con cámara en mano. Peñarroya ocupaba una posición estratégica extraordinaria, controlando este territorio de transición entre la llanura manchega y el Campo de Montiel. Tras la conquista cristiana de 1198, quedó vinculado a la Orden de San Juan, convirtiéndose con el tiempo en uno de sus enclaves más importantes de la zona.
La fortaleza conserva todavía buena parte de
aquel carácter guerrero: el foso excavado en la roca, la doble línea de
murallas, la liza, el patio de armas, el aljibe y, por supuesto, la torre del
homenaje. Todo ello adaptado a la roca y al acantilado, que por uno de sus
lados hacía innecesario levantar grandes defensas. La naturaleza ya había
construido allí su propia muralla, y los hombres tuvieron la inteligente idea
de aprovecharla.
En nuestro caso, y como suele ocurrir en
muchas fortalezas medievales, la visita no resultó especialmente cómoda para la
silla de ruedas. Los desniveles y el irregular pavimento limitaban bastante el
recorrido, aunque afortunadamente pudimos acceder a algunas de sus zonas y
disfrutar del interior del recinto. No pudimos conquistar el castillo entero,
pero sí lo suficiente como para llevarnos una magnífica impresión de él.
Y entre todas esas piedras, almenas y recuerdos de antiguas batallas, alguna que otra sorpresa que probablemente no imaginábamos encontrar en el interior de una fortaleza: Por un lado, la Ermita del Despeñadero, la antigua iglesia de la fortaleza, vinculada por la tradición al hallazgo de la talla original de la Virgen de Peñarroya, que habría permanecido escondida durante la dominación musulmana. Una pequeña ermita que, pese a su sencillez, nos hablaba de los primeros tiempos cristianos del castillo y de una devoción que ha perdurado durante siglos.
Y, por otro, cuando en el siglo XVII el antiguo castillo ya había perdido buena parte de su importancia militar, se construye el Santuario de Nuestra Señora de la Encarnación de Peñarroya, más conocida popularmente como la Virgen de Peñarroya, patrona compartida de Argamasilla de Alba y La Solana. Al entrar, nuestra mirada se fue directamente hacia el magnífico retablo de estilo barroco tardío. Pero fueron sus extraordinarias pinturas murales las que cautivaron toda nuestra atención.
En el lado izquierdo, o lado del Evangelio, pudimos contemplar la figura del arcángel San Miguel y, debajo, la escena de la Dormición de la Virgen.
En el lado derecho, el arcángel San Gabriel acompaña
otra escena dedicada a la muerte de San José. Pinturas antiguas, algo
castigadas por los años, pero que todavía conservan ese aire misterioso de las
obras que parecen resistirse a desaparecer del todo.
También nos llama la atención una pequeña
pila de basalto, una roca de origen volcánico que, por estas tierras, parece
haber llegado de visita desde el Campo de Calatrava, ya que este tipo de piedra
no se encuentra en el entorno de las Lagunas de Ruidera. Descansa sobre una
base fechada en 1789, añadiendo así un pequeño misterio más a este rincón del
castillo.
Después de recorrer hasta donde nuestras
ruedas y las piedras nos permitieron, llegó el momento de que mi hija y yo
hiciéramos una pequeña incursión por el lienzo de muralla. Y allí, arriba,
comprendimos una vez más por qué los constructores medievales no elegían sus
emplazamientos lanzando una moneda al aire.
Desde las murallas se abre ante nosotros una panorámica extraordinaria del Embalse de Peñarroya, extendiéndose a los pies de la fortaleza como si quisiera protegerla con una inmensa lámina de agua. Desde arriba, el castillo deja de ser solamente una construcción defensiva y se convierte en un magnífico balcón sobre el paisaje.
Y allí estuvimos, cámara en mano, intentando atrapar en unas fotografías aquello que los ojos estaban disfrutando mucho más deprisa de lo que el obturador podía registrar. Porque hay vistas que se fotografían, sí, pero también hay que guardarlas en algún rincón de la memoria.
El Castillo de Peñarroya nos regaló
precisamente eso: historia, naturaleza, arte y unas panorámicas difíciles de
olvidar. Una fortaleza que nació para vigilar y defender, que con el paso de
los siglos se convirtió también en santuario y que hoy continúa contemplando,
desde su privilegiada atalaya, cómo el Guadiana y las aguas del embalse se
extienden tranquilamente a sus pies.
TODA LA INFORMACIÓN INCLUIDA EN ESTA
PUBLICACIÓN HA SIDO RECOGIDA DE LOS SIGUIENTES ENLACES:
https://es.wikipedia.org/wiki/Castillo_de_Pe%C3%B1arroya_(Ciudad_Real)
https://cultura.castillalamancha.es/patrimonio/yacimientos-visitables/castillo-de-penarroya
https://lamanchawines.com/historia-y-leyenda-en-las-almenas-del-castillo-santuario-de-penarroya/
https://manchaignota.blogspot.com/2017/04/castillo-santuario-de-penarroya.html
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